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Arréguez, el 3er. campeón

18/12/2012

Consagrado campeón argentino de la divisional supergallo en julio de 1988, Sergio Oscar “Yuyo” Arréguez es el tercer catamarqueño en obtener el título nacional.

“Una perfecta mezcla de estilista y peleador. Hecho en el molde fabricado por el entrenador Roberto Alejandro Mema, fue ejemplo de trabajo, humildad y sencillez.

El tercer campeón argentino que entregamos al mundo del boxeo tiene la marca registrada de Roberto Alejandro Mema. Aunque dio sus primeros “pininos” bajo la conducción de otros técnicos –entre ellos Oscar Díaz- Sergio Oscar Arréguez (“Yuyo”) fue madera cincelada por el adiestrado mendocino, un obediente alumno del prestigioso maestro Francisco Bermúdez (“Paco”). En el vetusto gimnasio de la “U” (Unión Obrera de Socorros Mutuos), Mema se encargó pacientemente de ir transmitiendo todos sus conocimientos técnicos al supergallo local, transformándolo en un estilista-peleador. De buena defensa (barrido, bloqueo, visteo y cintura) y una agresividad innata en lo que hace a la parte ofensiva, Arréguez se lanzó a la conquista del exigente público catamarqueño, que aguardaba con ansias la aparición del sucesor del mayor de los Soto.

De esta manera, tras una extensa campaña como amateur (105 peleas en total, superando en ese sentido al propio “Cachín” Díaz), algo que le permitió ingresar al plano profesional con una excelente base boxística, “Yuyo” Arréguez se topó el 8 de julio de 1988 con el santafesino Néstor Luis Paniagua, con quien disputó el cetro argentino de las 122 libras que dejara vacante en esos momentos el tucumano Pedro Décima (se había radicado en los Estados Unidos, donde posteriormente se consagró campeón mundial ). El combate se efectuó en el cuadrilátero del polideportivo Capital de nuestra ciudad, con el marco de una enorme cantidad de aficionados, y merced al esfuerzo económico que realizó el promotor Rafael Abel Maldonado, respaldado por el Dr. Alberto Trezza, un viejo y conocido amante de la disciplina, oriundo de la provincia de Buenos Aires. Maldonado se había encargado de las gestiones tendientes a lograr que Paniagua aceptara venir a Catamarca, evitándose de esa manera un llamado a licitación por parte de la Federación Argentina de Boxeo (FAB). En compañía del autor de este libro, el dirigente local hizo una muy buena oferta en pesos al púgil de Santa Fe, quien finalmente aceptó la misma.

Con las baterías cargadas en su punto máximo, Arréguez materializó esa noche del invierno ambateño su mejor producción pugilística, llevando el combate al terreno que más le convenía: la corta distancia, a los efectos de eludir el martilleo pertinaz de Paniagua (más alto y con superior alcance de brazos) y descargar sus manos de contragolpe. Pero el catamarqueño no sólo dominó en el aspecto técnico-táctico, sino también en el psicológico, ya que cuando el santafesino menos lo esperaba se lo llevó por delante, clavando estiletazos en la zona alta que prácticamente cerraron el ojo izquierdo de Paniagua. El pupilo de Mema reguló sus energías en la parte final de la contienda y se alzó con una victoria b-fallo unánime de los jurados- que no dio lugar a ningún tipo de discusión. Era campeón invicto de los supergallos y como tal festejó a todo vapor la legítima apropiación de la faja nacional de la categoría. Levantando entre sus brazos a Roberto Alejandro Mema, testimonió su gratitud al maestro, al hombre que lo guió dentro y fuera del cuadrilátero. Las lágrimas provocadas por la emoción incontenible aparecieron en sus rostro y sirvieron como válvula de escape a tantas tensiones acumuladas a lo largo de muchos años de trabajo, sacrificio y perseverancia. Tarea que compartió en el gimnasio con Daniel Francisco Agüero (“Loquillo”), Domingo Agüero, Héctor Antonio Monetti y Carlos Báez, cuatro de los numerosos integrantes del equipo comandado por Mema.

Dos meses después, el 2 de setiembre de 1988, la Fesubox (Federación Sudamericano de Boxeo), entidad que desde su nacimiento fue manejada por la propia FAB, dispone la realización del choque entre el titular argentino de los supergallos y su homónimo chileno, es decir Carlos Ariel Uribe, un pibe oriundo de la ciudad de Osorno, en el sur del territorio trasandino. Hubo un tire y afloje entre los conductores de Arréguez y Uribe por el lugar en donde se haría la pelea, pero finalmente el promotor chileno Francisco Pérez Vidal se llevó el espectáculo para sus pagos. El campeón argentino, en compañía de Mema y del amateur Monetti, recorrieron varias provincias argentinas y atravesaron la Cordillera de los Andes, para arribar a Osorno, luego de un agotador viaje, que también concretamos quienes deseábamos ver esta importante confrontación deportiva, habida cuenta que Arréguez era el primer púgil catamarqueño que disputaba una faja sudamericana.

Cuando llegué a Osorno me encontré con la novedad de que el grupo visitante había sido derivado a un residencial de cuarta categoría, lo que motivó la inmediata reacción de Mema, que finalmente accedió a quedarse en el modesto hotel “México”, por que Arréguez así se lo pidió ya que se sentía cómodo en él. El promotor Rafael Abel Maldonado, el ex boxeador Carlos Andrés Ponce (recordemos que fue asesinado en octubre de 1999 por un cobarde que le disparó un balazo por la espalda cuando estaba pegando afiches para el partido político de sus amores, el Justicialismo) y un amigo del deporte, Omar Gallardo, también decidimos quedarnos en el mismo edificio para estar cerca del “Yuyo”.

Con un estadio donde no cabía ni un alfiler, volcado lógicamente a favor de Uribe, el boxeador chileno se llevó el triunfo y la corona sudcontinental al vencer por nocaut en el sexto round, tras parar el médico la lucha a raíz de un corte en el arco superciliar izquierdo del catamarqueño. El chileno, con un inteligente planteo estratégico, hizo prevalecer su mejor boxeo y el poder de sus manos. Arréguez, quien no repitió sus buenas labores anteriores, lució desconocido y solo apeló a su reconocida guapeza y corazo para contrarrestar la ofensiva de Uribe. Se habló de una revancha, pero jamás llegó a materializarse. Carlos Ariel Uribe se encaminaba por entonces a una chance mundialista, que no supo aprovechar, dirigido por paradójicamente por Roberto Alejandro Mema, quien había sido contratado por Pérez Vidal.

Superada su traumática derrota ante Uribe, Sergio Oscar Arréguez retornó al gimnasio con las mismas ganas, voluntad y disciplina que signaron su paso por el boxeo, despidiéndose del 88’ con un empate frente al morocho salteño Rodolfo Santos (“Galíndez”), exactamente el 23 de diciembre.

1989 fue un año bastante fulero para el discípulo de Mema, puesto que el 5 de mayo puso en juego por primera y única vez su corona nacional. El experimentado cordobés Carlos Laciar, hermano de Saltos Laciar (“Falucho”), lo superó por puntos en una encarnizada batalla librada en el ring del Polideportivo Capital. Arréguez, que terminó con un corte arriba de su ceja derecha como consecuencia de un involuntario cruce de cabezas, aguantó a pie firme el ataque sostenido del pupilo de Carlos Tello.

El público aplaudió a toda orquesta por la entrega a favor del espectáculo que colmó las expectativas que había generado, no obstante el revés sufrido por el púgil dueño de casa. Recuerdo nítidamente que la fase protocolar  de esta confrontación por el título contó con la asistencia de “Cachín” Díaz, quien portó la enseña nacional en calidad de invitado especial, escoltado por Luis Armando Soto.

Sergio Oscar Arréguez, nacido el 10 de enero de 1964, casado con Rosalina Ponce y padre de seis hermosas hijas (ya es abuelo), estuvo alejado por espacio de cuatro años de los escenarios pugilísticos. Reapareció frente a Herminio Camaño, a quien batió por decisión unánime, hasta que cayó derrotado por KOT en el tercer asalto el 4 de setiembre de 1993 en Buenos Aires ante Antonio Gómez (“Hormiga”), otra vez por culpa de una herida en su rostro. Fue el adiós a la actividad profesional y aunque por ahí apareció para ayudar en los guanteos a boxeadores locales, nunca pensó convertirse en entrenador. “Para eso hay que tener pasta, capacidad docente y una paciencia franciscana. Yo no sirvo para eso. Sigo trabajando como empleado público, cerca de mi familia y, por supuesto, yendo cuando puedo a los festivales de boxeo”, sintetizó un día con absoluta convicción”.

 

Por Leo Romero

(Texto extraído del libro “Boxeo, un deporte que inundó de gloria a Catamarca” del año 2003)


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